Hace unos días, entre las gentes de
ILoveIU se montó un cierto revuelo por un artículo (que no voy a enlazar para no alentar la polémica) que aparecía en un medio digital afín. En ese artículo se hablaba sobre una persona y se mezclaban determinadas informaciones relacionadas con una noticia de actualidad, con otras que en absoluto lo eran (se le repasaba el currículum) e incluso rumores u opiniones algo sesgadas.
En la cibernética discusión hubo de todo, incluída mucha salida de tono, pero había una cuestión de fondo que sí me parecía interesante: ¿cómo se ha de utilizar internet para fines periodísticos de forma amateur? Hoy en día, está al alcance de la mano montar un periódico digital: hace falta mucho esfuerzo, trabajo voluntario y algunos conocimientos técnicos, desde luego. Son encomiables ese tipo de iniciativas y es un paso más en la democratización de la información, no solo para recibir sino también para difundir la misma. Ahora bien, también supone nuevos riesgos: cualquiera puede generar noticias bajo una apariencia cuasiperiodística, sin que quede aún muy claro qué grado de responsabilidad se tiene por ello. La cosa tiene mucha miga, pero no vamos a entrar en ello, salvo en los comentarios si se quiere.
Lo que me ha hecho "gracia", es encontrarme hoy con el ejemplo perfecto de que esto no es un debate que tenga necesariamente que ver con internet. Vemos cómo medios de lo más asentado también difunden con total impunidad basura pseudoperiodística, sin el más mínimo rigor. Ante la gravedad del asunto, pedirles profesionalidad a medios alternativos amateurs es quizá demasiado.
Nacho Escolar denunciaba hace tiempo el surgimiento de un nuevo género periodístico,
el reportaje sin firma. Hace tiempo que no es raro encontrarse también con otra subespecie en páginas de muchos periódicos: qué decir de El Mundo, que ha dado material a los profesores de Periodismo sobre lo que no hay que hacer (esperemos) para décadas, con sus conspiraciones sobre el 11-M. Pero también El País, sobre todo en su sección de Internacional. Ni informan ni opinan, sientan cátedra; pero no con una lección magistral, sino soltando por esa boquita (o ese tecladito) lo que se les pase por la cabeza. Una cosa es que Pérez Reverte o cualquier otro columnista, entre lo apretado del espacio y la libertad que confiere el género, se permitan licencias y a veces rocen lo ofensivo: está bien provocar de vez en cuando. Si se trata de un espacio de opinión algo más amplio, es necesario que la opinión venga mínimamente fundamentada. Si el artículo aparece como información, deben aportarse datos, fuentes, etc.
Si se hace
esta mierda, se le debe llamar propaganda. Si no fuera porque la propaganda es un arte bastante más noble.