La muerte: vértigo y tabúes

La casualidad ha querido que en poco más de 24 horas hayan coincidido las muertes de personas tan opuestas como Rita Barberá y Marcos Ana. De hecho, empecé a escribir este post ayer, antes de saber que el poeta estaba hospitalizado. Las muertes nos afectan de distinta manera, pero rara vez nos dejan indiferentes, incluso tratándose de gente a la que ni siquiera conocíamos personalmente. No sé si es un rasgo de humanidad, como suele decirse, o simplemente el vértigo ante el recordatorio del destino que, más tarde o más temprano, nos espera inexorable.

Hace pocos días falleció también el padre de uno de mis mejores amigos. En el tanatorio, con el estómago encogido por ver el dolor de su familia, nadie podía evitar unas lágrimas, incluso quienes apenas habíamos conversado unas pocas veces con el fallecido. "Nunca estamos preparados para esto", reflexionábamos en voz alta. Pero Manuel Saravia, que siempre piensa un poco más allá, nos rebatía: "Al contrario, ¡vaya si estamos preparados!. Lo raro no es estar así hoy, lo sorprendente es que sepamos vivir con alegría el resto de días sabiendo que pasaremos por muchas de estas". Tan lúcida como lúgubre reflexión.


Tenemos bastante claro cómo reaccionar ante muertes cercanas, aunque cada cual tengamos nuestras peculiaridades. La cosa es ya mucho más compleja cuando hablamos de muertes "públicas". Para empezar por la arbitrariedad con la que les otorgamos ese carácter. Por ejemplo, el recuento de víctimas en carretera tras un puente apenas nos da para unos segundos de Telediario, mientras que algún accidente colectivo de tren o autobús, que quizá suponga menos muertes en total, nos conmociona. También entra en juego nuestro manifiesto, aunque comprensible, doble rasero en función de la cercanía. Una catástrofe en nuestro país, o en el vecino, nos toca mucho más que una el doble de grave en la otra punta del globo. Por no hablar de que consideramos más país vecino a Alemania que a Marruecos, desafiando toda lógica geográfica.

Ojo, no estoy hablando del tratamiento informativo, aunque obviamente los minutos de televisión y radio nos influyen, sino de nuestras propias reacciones. La cosa alcanza la máxima complejidad cuando llegamos a las muertes de personajes públicos. Los hay más neutros, queridos o indiferentes para casi todo el mundo, pero a partir de un cierto grado de popularidad es bastante probable que alguien caiga lo suficientemente mal a un sector como para que sea objeto de escarnio, incluso de cuerpo presente. ¿Cómo reaccionar ante la muerte inesperada de alguien que no nos caía bien? Sale a relucir entonces la llamada a la humanidad: sea quien sea, una muerte es una muerte. Hay que mostrar, al menos, respeto. Normalmente incluso se va más allá y se genera un espontáneo consenso por el cual todos los defectos que se le achacaban a esa persona se aminoran y se engrandecen sus virtudes.

En raras ocasiones se rompe ese consenso en la esfera "oficial": prensa, caras públicas y firmas autorizadas cumplen el protocolo. Con Rita Barberá se produjo una excepción, que no me detendré a analizar aquí (ya di mi opinión en Twitter). Lo que quería comentar era más bien la reacción popular ante este tipo de sucesos, que quizá hasta ahora era invisible y que las redes sociales amplifican. Y, claro, nos escandalizamos de la mala baba del personal que no es capaz ni de respetar el luto. Es una ley universal: la muerte es la muerte y nadie puede alegrarse de ella, por mala que fuera la persona.

Pero no estoy tan seguro de que esto sea así. ¿Existiría ese reproche moral si el muerto fuese alguien como Hitler? ¿Quizá uno podría aplaudir por la muerte de Kim Il Sung o Ahmadineyad, malvados oficiales? ¿Burlarse de la de Trump o Maduro? Y en el caso de que alguna de esas excepciones valiera: ¿dónde ponemos la línea? No está tan claro dónde acaba el consenso en torno a figuras odiosas y dónde empieza la mera discrepancia política.  Hemos vivido ya casos así: no es que ciertos muertos sean susceptibles de escarnio sin miedo a reprimenda, sino que se han celebrado e incluso retransmitido de forma pública y oficial. Así ocurrió por ejemplo con los asesinatos extrajudiciales de Obama Bin Laden o Gadafi. O con el ajusticiamiento de Sadam Hussein. Tanto la reacción mediática, como la institucional o la popular fueron de júbilo. Ya no se apelaba a la humanidad, bajo el argumento de que se trataba de figuras especialmente inhumanas. Un razonamiento que abre una pendiente resbaladiza peligrosísima.

No aspiro hoy a llegar a conclusiones, sino simplemente a poner de manifiesto mis reflexiones. A mí, al menos, las muertes me bajan la guardia, me hacen perder racionalidad, y se impone la moralidad inoculada por distintas vías. Supongo que porque le tengo miedo a mi propio destino. Se dice a menudo que la muerte nos iguala, pero no es así: sabemos de sobra que la renta, el lugar donde vivimos y otros muchos factores determinan en gran medida nuestra esperanza de vida. Nadie está libre de morir, pero la muerte no nos llega de igual manera.

Rita Barberá y Marcos Ana han fallecido de muerte natural, pero casualmente las estadísticas han encontrado la excepción que confirma la regla en su caso. Marcos (Fernando), nació en el bando equivocado, tanto económica como ideológicamente, para llegar a cumplir casi un siglo en la España que le tocó vivir. Pero sorteó la guerra, la sentencia a muerte, los años de cárcel y el exilio, y aún tuvo una senectud mucho más larga que la de la mayoría de quienes nacen en familias tan humildes como la suya. Rita creció en la España opuesta, la que no tenía carencia alguna y participaba del régimen, y siguió siendo parte de la élite hasta su muerte. No me alegro de que esta fuera prematura, pero sí de la bella casualidad de que Marcos Ana sobreviviera a muchos de sus carceleros.

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