Empatía para reunir la diáspora

No sé si es algo consustancial a la izquierda, o en general a la actividad política, pero he oído usar demasiado a menudo la palabra "traidor". La última vez este mismo sábado, varias veces, en boca de dirigentes de Izquierda Unida, algunos muy destacados, en la reunión del Consejo Político Federal. La utilizaban para hablar de gente que había participado en ese órgano hasta antesdeayer, e incluso en algún caso, de gente que sigue participando en IU pero opina o actúa de determinada manera que se considera desleal. La búsqueda del enemigo interno es una constante -y sé a ciencia cierta que no es cosa exclusiva de esta organización- y se suele llevar a cabo hasta que se consigue maltratar tanto a la persona afectada que acaba marchándose, confirmando así el presagio inicial de los dedos acusadores. Profecía autocumplida.

Esa exigencia de adhesión inquebrantable a un proyecto colectivo no es algo exclusivo de la política, en realidad. También se da en lo más prosaico, como las aficiones de los equipos de fútbol. Este año, que apenas estoy pudiendo seguir la actualidad deportiva, me cuesta una barbaridad seguir el código de pitos y aplausos cuando, por ejemplo, aparece en Zorrilla un exjugador blanquivioleta que ahora milita en otro equipo. Cuando estás al tanto, "lo entiendes": no se perdona a aquel que ha decidido marcharse a otro sitio para cobrar una ficha mejor y aspirar a mayores éxitos en su carrera. Por algún extraño motivo un chaval serbocroata o murciano que, por azares del destino, juega unos años en el Real Valladolid, debe jurarle amor eterno y mantenerse fiel aunque baje a Tercera Regional y no le paguen la ficha. Se le pita aún con más ganas si dijo algo inadecuado a la prensa durante el "que si me voy, que si no me voy". Y ya ni te cuento si además era buen jugador, porque el maldito mercenario vende ahora su talento para hacer que perdamos en casa.

Obviamente, en política las cosas son un poco más serias. Sí es lógico esperar de la gente cierta fidelidad a unos ideales y, dentro del respeto, es lógico criticar actos incoherentes con ellos. Pero a menudo se confunde la fidelidad a los ideales con la fidelidad a una organización, o incluso a una determinada línea dentro de esa organización, un poco del modo en que una jerarquía eclesiástica confunde la obediencia sus dogmas con la fe. "Como yo represento la línea oficial dentro dentro de la única y verdadera izquierda, quien se aparte de mí está realmente traicionando a la izquierda y al pueblo".

Todo ello suele ir combinado con el hecho de que, cuando alguien decide abandonar una organización, particularmente si ha sido una figura destacada, suele ser bastante complicado hacerlo de una manera elegante y correcta. A veces porque el ambiente está previamente tan enrarecido, como decía al principio, que se acaba dando un portazo a destiempo y de mala manera. O, simplemente, porque jamás será un buen momento para los guardianes de las esencias.

Mi experiencia vital ha provocado que yo lo vea de una forma totalmente opuesta a ese espíritu inquisidor. Mucha de la gente con la que me he sentido más afín, de esa que decía o escribía siempre palabras que parecían salidas de mi cabeza y con la que además he tenido una relación de amistad, han acabado participando en otros sitios: en EQUO, en Podemos, en Bildu, en ICV... O están ahora simplemente en el limbo. No puedo negar que en más de una ocasión me han dolido las formas, haberme enterado en el último momento o por la prensa, o considerar que la decisión era equivocada. Pero siempre he entendido que, si ha habido errores, han sido sobre todo por la dificultad que entraña tomar una decisión enormemente dolorosa. Esa empatía me ha permitido seguir su trayectoria sin las anteojeras del rencor y creo que no recuerdo a nadie que, por estar en otro sitio, haya dejado de hablar y actuar de forma consecuente con lo que siempre ha pensado. Tenemos ahora más diferencias, sí, pero sobre las cosas pequeñas. Y, en cierto modo, creo que en lo más hondo, nos sentimos una diáspora, parte de algo común aunque disperso y tenemos una especie de presentimiento de que en algún momento volveremos a compartir algo más que complicidades por redes sociales y mensajes cariñosos en privado.

Quizá por esa experiencia personal tiendo a considerar a alguien "de los míos" con total independencia de que compartamos o no organización, incluso aunque compitamos y, a su vez, compartir organización no es para mí garantía de afinidad (aunque sí sea así la gran mayoría de los casos). No planteo esto como una especie de canto a la tolerancia y el buen rollo, sino como una imperiosa necesidad política, la de entendernos incluso cuando tomamos caminos opuestos, y la de saber disentir de alguien sin que eso suponga ponernos mutuamente cruz y raya. Intentemos entender por qué la gente que sentimos nuestra toma decisiones que consideramos erróneas. Yo lo procuro hacer a menudo, pero no por mantener las amistades, que también, sino para contribuir a mantener abiertas las posibilidades de cambio social, que es lo que nos ha unido. Por eso uso también la empatía para entender a la dirección de Podemos, donde solo a unas pocas personas puedo considerar amigas, o para entender a la CUP, donde simplemente no conozco a nadie. Mi sensación es que vivimos una época de efervescencia social que se traduce en una efervescencia política que acabará por sedimentar y tenemos la obligación de evitar que se rompan puentes entre quienes compartimos lo básico, pensando en pasado mañana.

Escribo todo esto tras haber leído ayer de un tirón el libro-entrevista de Héctor Juanatey a Manolo Monereo, con epílogo de Lara Hernández, que me ha vuelto a remover esa sensación de sentirme más cerca que nunca de gente precisamente cuando nos alejamos, aunque en este caso sea solo un poquito. Y me ha reafirmado en la necesidad de la empatía para volver a unir a esa diáspora en ese partido orgánico de la revolución democrática que decía Manolo.

Comentarios

cascarrabias ha dicho que…
una cosa es lo que presentas como en la vida de brayan. pero las organizaciones de las que acabas hablando.. la cup decia ser asamblearia y tomo una ultima (mala?) decision en el descuento sin consultar a la asamblea.. se incluia lo que firmo que no habia sido discutido..

podemos empezo con los circulos, un tal pablo que salia por la tele dandole visibilidad, hablando de democracia.. y la cara que le dio visibilidad se convirtio en podemos, ninguneando los circulos, pactando, imponiendo y destruyendo lo que escapara a su control si no podia someterlo.. la sola esperanza que me queda es que los traidores, primas o como quieras llamar.. entren a esa organizacion dictatorial solo para desde dentro hacerla cambiar, sean topos que saquen a pablo y su gente del control.. pero no lo creo asi, estan hipnotizados por el discurso "podemos ergo debemos, no hay que desaprovechar la oportunidad unica".. alguien con ese discurso no es un compañero de viaje, sino un enemigo de trabajar en sociedad para crecer, y utilizar la politica como un medio mas para mejorar el mundo. chau numero 3