
Pero mira tú por dónde, en los últimos años este país también había alcanzado cierta notoriedad internacional a raíz de que a la Audiencia Nacional había dado por intentar meter puros a dictadores, genocidas y otros delincuentes menores, sin importarles el pasaporte. Vale que seguramente el ego de Baltasar Garzón, que necesitaba expandirse puesto que ya no le cabía en territorio patrio (peñón de Alhucemas incluido), fuera el origen de este tipo de actuaciones, pero eran muy de agradecer. Aunque, bueno, la cosa no era solo de Garzón sino de otra gente a la que le dio por sugerirle ciertas cosillas, y sigue haciéndolo, como recordaba Willy en campaña de las elecciones europeas. Pero decía que era buen asunto este de la jurisdicción internacional, sobre todo, porque suponía una alternativa a lo de bombardear países con la excusa de echar a dictadores (la guerra humanitaria esa) y a la impunidad de por vida de tanto sanguinario con jubilación de lujo. Por cierto: agradeceríamos que a cualquier otro tribunal de por ahí le diera por meterse con esos asuntillos nuestros que nos da como pereza revisar, ¿vale?
Pero bueno, a lo que iba que me despisto: España era guay y molona porque sus tribunales hacían de justicieros sin fronteras. ¿Y por qué digo que lo era? Pues porque ayer mismo, y con solo ocho votos en contra, nuestro Congreso ha decidido que lo sigamos intentado con Soraya.
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